Han pasado ya 16 días desde el nacimiento de Mateo. Comenzamos a pillarle el punto y la calma a la rutina, separada en espacios de tiempo aproximados de tres horas y en picos de intensidad que tocan bajos de cansancio cósmico y altos de euforia al ver como la raspita de Mateo se va llenando (¡y cómo!) de carne de babilla y cómo sus ojos y su boca van marcando poco a poco carácter. Jiko y yo, en esta nueva rutina, hemos desaparecido un poco, al menos el Jiko de antes y la Jika de antes. A veces, en esta nueva rutina, nos descubrimos de pronto, frente a frente, uno cargado con un pañal sucio y el otro con el cazo para desinfectar-desinhibir-desalgo los biberones. Nos descubrimos e iniciamos maniobra de abrazo o beso enroscado, pero entonces suena el pitido de la lavadora, avisando de que la ropica de Mateo ya está lista. La nuestra sigue sucia, esperando su turno. Pero insistimos, y si no nos descubrimos en ese cruce de pañal y cazo lo intentamos en uno de esponja y bibe. Y buscamos y buscamos y encontramos siempre una décima de segundo para no desaparecer del todo. Como ahora, hablándonos: él en la habitación, yo en el salón (Mateo en la cuna, soñando con ovejas eléctricas) y mandándonos en esos cuatro metros de aire y tablas de madera que nos separan, partículas de los que éramos antes.
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Yo, como el primer día, me sigo perdiendo en el olor del cuello de Mateo.
1 comentario:
Sí, es verdad, te encuentro de repente, de pie en la cocina o sentada en el salón, y me alegro tanto y me llenas tanto. Y te veo con tu hijo en brazos y estás feliz.
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