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La escena fue así:
Jikito lloraba y yo le intentaba consolar en brazos.
Se cae el chupete y llamo a Jiko para que me de otro.
Jiko se va y vuelve con el chupete en la mano.
Se le va la pinza y me lo intenta encasquetar a mí en la boca.
Estamos perdiendo el norte.
[Desde entonces procuro hablar poquito, por si esto ha sido un mensaje subliminal].
El plan era como para no hacer apuestas. Tres parejas, cuatro bebés, un fin de semana. ¿Para echarse a temblar? Pues no, resulta que para repetir. La cita de Zaragoza organizada por el trío piscinero (Lucía, Mari Carmen y yo) fue todo un éxito. A saber:
-A pesar de que no nos conocíamos todos hubo un buen rollo palpable desde el principio. Y no un buen rollo eufórico y cargante, sino uno relajado y con ganas de más.
-Los serecillos (Laura, cinco meses y medio, arriba de la foto; las mellizas Laura y Paola, tres meses y medio, en medio; y Mateo, dos meses y medio) se portaron de coña: sonrieron mucho, dosificaron las rabietas (a pesar del momento cumbre de la maxicosi doble en el coche, con Laura y Mateo en pleno dueto y pleno pulmón) y durmieron justo cuando nosotros necesitábamos comer.
-Hicimos de todo: estar tranquilos en casa, salir al desfile de la pre-fiesta del Pilar, a un mercadillo de cosicas ricas (compramos un queso estupendo), cenar con calma, jugar al Party (¡hasta las tres de la mañana!), ver la carrera (¡a las siete de la mañana!) en la que Hamilton se hundió en la pucelana (hurraaaaa!!!!!!) y salir a comer migas y chuleticas dicasmuenas mientras recordábamos los inicios de las tres parejas... Ay...nos pusimos tontuelos... hasta que sonó la campana: ¡Boooooote!
-Hubo hasta "la anécdota" para recordar (lo siento por los que os fuisteis a dormir... ¡rajaos!), gracias al don de Mari Carmen con la mímica obligada del Party: le toco escenificar "Lanzamiento de jabalina" y después levantarse y hacer como que tiraba con arco se puso los índices a modo de colmillos, así, para arriba, intentado que su pareja en el juego, Lucía, pronunciase al menos la palabra jabalí. Aún me duele la garganta de reírme... (aunque también moló cuando Lucía intentaba pintar una bombona de butano y Mari Carmen, mirando el dibujo, dijo: ¡una botella de anís!).
-El sushi que preparó Diego estaba riquisisisisisimo; el vino que firmó Pierre, blanco y dulce, casi me hizo pedir la nacionalidad suiza.
-Jiko y yo comprobamos que tenemos futuro como pareja del Party (también). Me reí al intentar que dijese "monopatín" pintándole un mono que él pensó que era un oso...
[En noviembre lo dicho, repetimos. Ahora buscamos casa rural en Guadalajara para todos. Lucía: ve metiendo en una bolsa el Party...y los M&Ms].
La vuelta en coche me dejó estos recuerdos entre mis dedos:

Marina, la hija de mi primo Christian, estuvo tímida y lista: no nos quitó ojo a ninguno y habló con la boca cerrada y los ojos muy abiertos, aunque le costase mirar a cámara. Mateo también habló con los ojos y tuvo este gesto entre tierno y confiado con ella, ajeno al parentesco pero intuyendo que ahí había algo familiar. Me gustan los dedos regordetos de los dos.
El otro día me dijo Jiko "Mateo engancha".
Dije sí, sabiendo que ya lo sabía desde
que se me enganchó él al pecho.
Está(mos) creciendo a golpe de dosis.
Os preguntaréis cómo puedo elegir la foto de un donut relleno para ilustrar mi entrada sobre la gimnasia postparto. Pues, querida familia y amigos, porque así es mi vida: pura contradicción. Soy la incongruencia en persona. Me podéis llamar Congru. Responderé. La cuestión es que mientras me dejo la piel en los ochocientos abdominales que me marco en cada clase (pata pa'rriba, pata pa'bajo, barbilla en vilo, tripa en formato toblerón) mi maridito me prepara estas delicatessen para llenar justamente los huecos que he logrado hacerme en el perímetro citado, uséase, el abdominal. Yo endurezco, él reblandece. Y así vamos.
Pero... ¿cómo resistirme a este pedazo de donut casero? ¿Cómo resistirme a sus tres variedades: con agujerico, relleno de chocolate, relleno de mermelada de fresa? ¿Como resistirme a esa masa esponjosa, a esa cubierta azucarada y casi crujiente? ¿Cómo decir que no? Pues diciéndolo, coño. Diciéndolo. Pero entonces... ¿adónde iría a parar mi incongruencia?
Jiko nos ha hecho esta foto a Jikito y a mi. Me gustó verle haciéndonosla.
Y me gusta como mira Mateo a cámara, todo redondo.
Mateo y Mami, en blanco y negro.
Muy de vez en cuando, Mateo llora como un loco. En esta foto está a puntito. Son ataques que pueden durar horas y que nos vuelven del revés a Jiko y a mí, y nos dejan agotados, mirándonos, cuando terminan, desde cada punta de la casa con ojos de bulldog, rojitos y jadeantes, y con los oídos zumbones, porque a Mateo le ha cambiado la voz (sí, sí, reiros) y ya no ese ese llanto débil de recién nacido, a ras de cuna, casi. Llora como un tenor bien pagado.
Tendrá frío, pensamos durante. Tendrá calor. Tendrá hambre. Tendrá sed. Tendrá gases. Dolor. Miedo. Quéseyo. Es como un acertijo sin solución porque comienza como acaba, sin explicación, sin sentido, en un cambio de gesto tan radical que si no fuese por los nervios sería para reír. Cuando Mateo llora arquea los labios juntos, hacia abajo, como un paréntesis tumbado, justo antes de que su lengüita se cuadre y le arda la cara. Lo notas cuando le abrazas, meciéndole, en un intento constante, suave, desesperado, de dar con ese punto que él necesita y que es como la combinación ganadora de la BonoLoto: existir existe, pero hay millones de posibilidades diferentes y acertar es, básicamente, un milagro. Y mientras pruebas un número, otro, él se retuerce y le tiembla el labio inferior y darías mil vueltas a la Tierra como Supermán (cuando salvaba a Lois Lane) sólo para que se calmase y volviese a estar feliz y a decir aouuuuu con la boca en triángulo y los ojos chistosos. (Estas son las veces malas: normalmente nos adelantamos al llanto con toneladas de intuición y, si llegamos tarde, entonces sacamos la munición de besucos y hacemos ráfagas indiscriminadas).
A veces, en los ataques malos, le canto El cadillac solitario, de Loquillo. Y se calla en mi regazo, y me mira con esos ojos gigantes y pienso que tendré que negar que la coplilla que bailé mil veces a golpe de bote y achuchón y raspao con las Bigardas me ha servido, cien años después, para dormir a un menor de edad. Así que luego canto un duérmete niño duérmete ya... Como para compensar (pero se nota: a él le mola "...y al irse la rubia me he sentido extraño, me he quedado solo mirando a tu barrio, me han atrapado en esta ciudad...").
Hoy he cantado el Cadillac muuuucho rato. No se si os habéis dado cuenta.