skip to main |
skip to sidebar
Lo que más me gusta de ella en la cocina es que las recetas se las pasa por debajo de la olla. Siempre lo hizo. Es cierto que, cuando algo de lo que ve le gusta y lo quiere hacer, sigue un par de parámetros, pero desde que mi madre saca la tabla y enciende la lumbre (es un decir, ahora sólo se pulsa un botón invisible con el dedo corazón y una luz dice que hay fuego en el hogar) deja que su instinto y su noción del equilibrio y la balanza sean los que creen el plato en cuestión, y no unas medidas de manual en lista. Sus especialidades son muchas: el osobuco con arroz blanco, el guiso de carne, los canelones, la tortilla de patata (esa tortillaaaaaaa)... y ahora, en este maravilloso periodo postparto en el que ella, y también mi padre y mi suegra (él, con un salmorejo de escándalo; Beni, con croquetinas, lentejas... y una crema de zanahoria y unos fréjoles de concurso), nos han llenado la nevera de guisos y delicatessen varias, ella se nos ha lanzado con el Estofado Bourguignon. Lo vio un día en tal programa y se dijo ahí que voy... Y vaya si fue. Para empezar cambió la carne de buey de la receta original por carne de babilla, tan tierna que el cuchillo era una mera excusa para tener la derecha ocupada. Se marcó, además, una salsa espesa como una siesta a deshora y sabrosa como un beso de repente. Y rodeó todo con unas chalotas caramelizadas y unas patatas nuevas hervidas con sal gorda y mantequilla que nos dejó sin una gota de rencor.
Madrecita-madrecita (ahora sí, literal).
PD: Como sus padres, creemos que Jikito comienza a valorar el arte culinario. Si no en calidad, sí en cantidad. Mientras escribo esto, justo después de darle el pecho, oigo decir a JikoPapá, bibe y Mateo en mano: "Señor Botijo, se está usted comiendo hasta la toalla".
[Nota: Señor Botijo es Mateo cuando pimpla con ansia].
Ya es oficial. La nariz de Jiko se ha convertido en el jugoso (y a juzgar por el ánimo chupóptero, sabrosísimo) sustituto que mi hijo se ha buscado para esas ocasiones en las que, por hache o por be, me retraso cero coma segundos en darle el pecho. Los hay impacientes, ¿eh?
Me ha pasado un par de veces desde que di a luz. Estar durmiendo, tan profundamente como Mateo (acaba de pasar un camión de bomberos por debajo de casa y ni se ha inmutado... Esta foto de arriba es de diez segundos después), y despertarme de pronto con la sensación de tenerle aún dentro. Entonces, aún un poco borrosa entre el sueño y la luz negra de la toma de turno, ahueco la palma de las manos y me toco la barriga, buscando un volumen que ya no existe y en cierta forma (redonda), lo echo de menos. Nueve meses, uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve, treinta y nueve semanas, de niño y bultos y patadas y vértigo dentro. En progresión.
Pero luego me asomo a mi derecha y miró a través de los barrotes blancos. Y ahueco de nuevo la palma de mi mano y le toco. Y no echo de menos nada.
Han pasado ya 16 días desde el nacimiento de Mateo. Comenzamos a pillarle el punto y la calma a la rutina, separada en espacios de tiempo aproximados de tres horas y en picos de intensidad que tocan bajos de cansancio cósmico y altos de euforia al ver como la raspita de Mateo se va llenando (¡y cómo!) de carne de babilla y cómo sus ojos y su boca van marcando poco a poco carácter. Jiko y yo, en esta nueva rutina, hemos desaparecido un poco, al menos el Jiko de antes y la Jika de antes. A veces, en esta nueva rutina, nos descubrimos de pronto, frente a frente, uno cargado con un pañal sucio y el otro con el cazo para desinfectar-desinhibir-desalgo los biberones. Nos descubrimos e iniciamos maniobra de abrazo o beso enroscado, pero entonces suena el pitido de la lavadora, avisando de que la ropica de Mateo ya está lista. La nuestra sigue sucia, esperando su turno. Pero insistimos, y si no nos descubrimos en ese cruce de pañal y cazo lo intentamos en uno de esponja y bibe. Y buscamos y buscamos y encontramos siempre una décima de segundo para no desaparecer del todo. Como ahora, hablándonos: él en la habitación, yo en el salón (Mateo en la cuna, soñando con ovejas eléctricas) y mandándonos en esos cuatro metros de aire y tablas de madera que nos separan, partículas de los que éramos antes.
Yo, como el primer día, me sigo perdiendo en el olor del cuello de Mateo.
Teníamos la ilusión de que cuando se notara sumergido y caliente, su habitual berrinche al contacto con el agua se transformase en gemidicos de placer, que estirase las piernas y chapoteara con las ganas de nadar y convertirse en pez. Pues no. Tras unos segundos con carita de desconcierto, asimilando la sensación de estar rodeado de "algo diferente" hasta la cintura, y después de hacernos creer que aquello del primer baño en bañeraIkea (hasta ayer sólo eran remojones, por lo del ombligo-bígaro) iba a ser un éxito rotundo, Jikito entonó el do de pecho y garganta y gritó y gritó y gritó como si ése fuese el último grito en la Tierra, obligando a Jiko-papá a darse prisa con la esponja y a mi, a extender la capa de baño para envolverlo y volverlo a callar con felpa y besos mojados. Vaya. Hoy vamos con el segundo intento. A ver si lo disfruta...
Hoy ha superado en la báscula la barrera de los 3 kilos. Jikito gordito.
Hoy, leyendo el capítulo diario del diario (valga la redundancia y repetición y circunloquio) que mi padre le escribe a Mateo cada madrugada (hoy adjuntó al envío esta foto cunera de ayer por la tarde), me han entrado ganas de que llegue el día en que pueda leérselo... Me ha gustado especialmente el capítulo de hoy, sobre los animales y esa posibilidad de ver y oler la selva, si es que ésta sigue existiendo ese día...
Pues eso, que dentro de sus parámetros de manual, el ombligo (es un decir: este colombroño negruzco de arriba, pillado con pinza aséptica y duro como una piedra, retorcidillo y escifó -en dialecto Marca es sinónimo de "quéasquito"-) de Mateo se cayó como una losa en un cambio rutinario de pañal. En su décimo día de vida. Dijo hasta aquí hemos llegado al tiempo que Jiko me gritaba Jikaaaaaaa veeeeeen y yo llegaba a la habitación casi con palomitas para ver el acontecimiento en primera fila. Si no fuera porque todos te aseguran que aquello no duele era para haberle puesto la epidural al pobre Jikito. Vaya socavón, madrecita. Pero él ná de ná, ni media lagrimilla. He aquí abajo la prueba, cinco minutos después del suceso, de la paz que otorga una caída como diosmanda. Ni el muro de Berlín.

Hoy Mateo pesó 2.828 gramos, en curva ascendente y clara recuperación del susto deshidratado que le costó a él casi medio kilo y a nosotros un par de ojeras que ni un mapache y más miedo del que he sentido nunca. Hoy me han dicho que tengo muy buen aspecto. Pues claro. Voy de la mano de la báscula que mide cada día los progresos de miJikito rellenando de leche su cuerpecico (y vaciando el mío a fuerza de succión).
No me dio tiempo ni a darle un toque peliculero al asunto.
-“Jiko, creo que he roto aguas…”.
Eran las tres de la mañana del martes 24 de julio. Mateo decía ya vengo. Me obsesionaba ser la típica primeriza que se planta en el hospital a la primera de cambio, sin más síntomas que media contracción. Por eso no quería ni asustar a Jiko ni salir disparados… hasta estar seguros. Jiko miró las gotitas de agua del suelo… ¿Es esto?, dijo. Sí, respondí, y eso y esto y esto… Jiko se rió al ver el reguerillo. Jika, sentenció, has roto aguas. Pero por si acaso leímos un par de párrafos de un libro manual.
Salimos de la mano a la noche de nuestro barrio en silencio. Con la bolsa de Mateo y los nervios en las cejas arqueadas, y en la risa tonta. Si alguien nos vio debió pensar que íbamos de copas. O que volvíamos. Claro que ahí estaba mi panza, quitándole dudas al asunto, plantándole al observador nocturno la certeza de que aquello era la “típica escena” de matrimonio de parto, pero sin mi mano en las lumbares ni el gesto nervioso del JikoMarido. Estábamos contentos.
El señor vigilante Don Borde, del parking donde tenemos el JikoTouran metidico por la módica cantidad de ocho mil quinientos euros al mes o algoasí, estuvo a punto de no abrirnos la verja… De nuevo mi panza triunfó en los modales ajenos. Don Borde se convirtió en Don Amable, sonrió de medio lado y nos abrió la puerta sin apartar los ojos de mi barriga. Hala, mucha suerte, que venga bien. Qué frases más huecas y qué certeras cuando te toca.
Jiko condujo despacio hasta el hospital. Llevábamos la radio puesta, creo, bajito, y creo también que íbamos con las manos juntas… pero sólo recuerdo el silencio, Madrid vacío y negra, y mirarnos y sonreír y nervios y muchas ganas de que pasase lo que ya estaba pasando y de poder grabarlo todo a cámara lenta. Me examinó una matrona alta, rubia, creo que me fijé en una medalla que llevaba colgando del cuello. Fue cálida y contundente: Te vamos a ingresar, estás de parto. No terminó la frase cuando rompí aguas, ahora sí de verdad, nada de reguerillo ni gotitas. Una rotura de aguas en toda regla. Biescas. Recuerdo los pasillos del hospital. Tan oscuros. Tan silenciosos. Un poco tétrico. Y otra pareja llegando a ritmo de contracción, él asustado.
La habitación (la 314, número pi) nos pareció triste y fría, y eso que era de las “reformadas chulas, de las que molan”, según un ser prepúber que atendía la recepción con las manos agarradas a una Play Station blanca-mugrienta, pero Mateo estaba tan cerca que los repintaos y las baldosas cejijuntas nos parecieron un motivo más de risa. Alguien, no recuerdo bien, vino a explicarnos qué iba a pasar. Contracciones, se llamaba el capítulo y sólo se llamaba (a la enfermera) cuando fuesen cada cinco minutos.
No recuerdo cuánto tiempo pasó. Sólo veo la cara de Jiko tratando de agarrarme el dolor con la mano, compartiendo con la mirada, alentándome y queriéndome, sufriendo desde la distancia porque alguien le dijo que a una embarazada de parto no se le toca (cuánta razón, madrecita), intentando remover el tiempo con mi respiración rítmica lenta de manual cuando ésta dejó de serlo por culpa del puto dolor de los cojones me cago en dios esto qué demonios es que nadie me ha avisadoooooooooooooo. La horita corta esa de la que hablan fue la hora más larga, con contracciones cada cuatro minutos imposibles de afrontar desde la teoría del curso preparto. Sólo recuerdo no pronunciar palabra, apretar los dientes y jadear con la boca cerrada mientras el latigazo me partía en dos. Luego llegó la epidural.
Saludos desde aquí a los creadores de la epidural, uno de los grandes inventos de todos los siglos junto con el támpax e Internet.
Ví el cielo, me volvió el habla, abracé a Jiko, que escuchó sorprendido mi repentina verborrea, y respondí a todas las matronas que venían a verme con una sonrisa en la boca. Nos habían bajado a una sala de dilatación para envolverme en sensores y cables y sondas hasta que Mateo tocara el timbre. En realidad me bajaron a mí antes, para ponerme la epidural, y al poco tiempo dejaron entrar a Jiko, que me hizo reír de nuevo: iba vestido con la camiseta de Jiko’s Father que nos regalaron en nuestra boda y encima llevaba la bata verde de quirófano… y los patucos verdes encima de las chanclas “blancas”. El muy perraco me mordió los pies aprovechando la anestesia… Pensé en vengarme, pero luego soy blandita… Bueno, eso y que Jiko me puede.
Estuvimos en la sala de dilatación un tiempo indefinido (soy incapaz de tener noción de las horas allí…), creo que unas tres o cuatro horas, más o menos lo mismo que en la habitación con las contracciones, porque cuando nos llevaron al quirófano eran aproximadamente la una menos cuarto del mediodía. Diez horicas de parto, ahí es ná.
Recuerdo el quirófano frío, pero no desagradable. Me parecía mentira estar allí, preparada, con Jiko sujetándome la cabeza y hablándome, con mucha gente entrando y saliendo, con conversaciones triviales a mi alrededor, con todo mi cuerpo expuesto y preparado, rendido a la aventura de darse la vuelta para dejar paso al niño.
Recuerdo los ojos del médico muy nítidamente, por encima de la mascarilla, mirándome con instrucciones y demandas y con tranquilidad y seguridad. El doctor Olmos, joven y tranquilo, casi tímido, apoyaba en mi rodilla la orden de empujar, venga, una vez más, lo estás haciendo muy bien. Recuerdo empujar con todas mis fuerzas, con la sensación extraña de no sentir y sentir más que nunca. Mateo no quería salir, al menos no por donde debía. Jiko seguía agarrándome la cabeza. Tenerle ahí me daba mucha fuerza, era alucinante. Oí a una matrona decir algo así como “esto va para largo” y al médico explicándome que iba a utilizar fórceps. Tuve miedo por el niño. Fórceps. Pero ni me dio tiempo a prolongar el susto. Mateo salió enseguida, al tiempo que Jiko, emocionado, me decía con las manos y al oído: “Ya está aquí, Jika”. Eran las 13:20.
Le vi en volandas, cubierto de sangre, bocabajo. Apenas me lo posaron encima de la mano, sobre mi tripa ya vacía y usada, un segundo. Estaba mojado, caliente, blandito. Quise tocarlo más, tactarlo, sentirlo en mi cara, pero unas manos rápidas me lo quitaron. Le oí llorar en la habitación de al lado, lloraba sano, fuerte. Yo oía cifras. 2.970 gramos. 50 centímetros...
El médico seguía conmigo, cosiéndome ante la mirada de Javier. Yo sólo quería ver y sentir y oler y tener a Mateo, pero nada. Lo trajeron un segundo, envuelto en algo, no recuerdo qué, y me lo inclinaron para que le besara. Estaba sucio, enroscado, tierno. Intenté olerle mientras lo hacía, casi sin voz, con todas las ganas y un nudo en la garganta y en los labios, que no me daban para besarlo entero. No hay forma de explicar ese momento. Luego se lo llevaron al nido. “Sólo un par de horas, para que no pierda el calor”. Y yo pensaba yo le doy calor, el que necesite. Nos quedamos solos Jiko y yo, los dos, justo como siempre pero ya cojos sin él.
Me llevaron a la habitación, recuerdo el techo del ascensor, el techo del pasillo. Me tocaba la mano, debajo de la sábana, con la que había acariciado a Mateo húmedo. Jiko se marchó al nido, a verle. Y me quedé sola unos minutos, con mi vida entera en el nido, en grande y en pequeño. Jiko y Jikito. Las diez horas anteriores fueron nada comparado con ese rato. Recuerdo que me quedé mirando las líneas que hacía en la pared la luz cortada por los agujeritos de la persiana.
Jiko regresó al poco tiempo y ya le había cambiado la cara. No le cabían las palabras en la boca, ni la sonrisa. Lo había visto, le había tocado a través de los agujeritos del cristal donde estaba el niño, comiendo calor. Me contó Jiko que Mateo le miró fijamente, con esa lucidez que dicen tienen los recién nacidos durante sus primeras dos horas de vida. Me moría de envidia, también de emoción, no dejé de tener ganas de llorar todo el día.
Y por fin le trajeron. Hinchado y brillante. Gordito, pequeño, tanto... Le cogí de espaldas al principio, pero enseguida le giré hacia mí y metí mi cara en el hueco de su cuello. Le olí de una sola vez, sin parar, casi sin moverme, con mis manos sujetándole en el aire. Y luego lo puse al pecho y continué mirándole.
No he parado desde entonces. Ese rato allí los tres fue increíble. ¿Qué hacíamos antes de Mateo? Jiko y yo nos miramos sin dejar de mirarle, acercándonos a su cara diminuta y a sus ojos enormes llenos de pomada antibiótica, qué pasada qué pasada qué pasada todo el tiempo. Tocándole. Riéndonos. Alucinando. Desde entonces, ahora hace una semana, todo ha sido él.
Y han pasado muchas cosicas. Ahí va un resumen.
-A los abuelos les hicimos trampa, pero muy poquita. Les mentimos toda la mañana, con sms que nos situaban en cualquier sitio menos en una sala de dilatación. Pero luego les llamamos enseguida y llegaron casi antes de colgar. Mis suegros, Beni y Luis, han tocado a su güaje con la misma sonrisa derretida que mis padres, Miguel y Rosa.
-Mateo dedicó su primera sonrisa a su abuelo Miguel, que babea desde entonces. Es el que está en la nube más alta: le escribe cada día un diario bonito que nos manda por mail. Nunca le había visto la expresión que tiene mirando a Mateo. Es emocionante.
-Su otro abuelo, Luis, no tiene duda sobre el parecido: igual que su padre, es decir, el abuelo de Jiko. Cuando se despidió de vuelta a Gijón me dijo: “Cuídale, que tenéis una joya”. Se va con la cartera llena de Mateo.
-Las abuelas cumplen tópicos (nos cocinan, nos cuidan) y mi madre va tres pasos por delante de mis necesidades… es una ayuda increíble, como siempre, y tiene una mirada distinta desde que vio a su nieto. También he visto a Beni una luz distinta, se ríe cuando le acuna, se ablanda al acercárselo al regazo.
-Yo estoy en una especie de burbuja y no sólo por Mateo: el mismo día del parto se me estropeó el móvil y desde entonces sólo puedo recibir y enviar sms, pero no llamadas, así que he podido hablar aún con muy poquita gente. Tengo tantas llamadas pendientes y tanto hijo del que estar pendiente...
-La primera semana de vida de Mateo ha sido de locos, de encierro y entrega, de alegría y dolor (esos puntos-y-el-desgarro-criminaaaaaaaaaaaalllll...), de un peso tremendo y desconocido de responsabilidad e intención; todo es sacarle adelante.
-Después de dos días y un susto lleno de horas sin dormir y llanto inconsolable y demasiados gramos perdidos para un cuerpecillo de agua y bilirrubina, Mateo empezó a engordar. Ahora casi llena la piel-sharpei y abre mucho los ojos de almendraza y sigue nuestras voces por el techo de la habitación, pero con calma y alguna sonrisa perdida en la decena de gestos que empieza a archivar.
-Empiezan las coordenadas de un trío.
PD: Jiko, cuánto te quiero en bostezos de león de nuestro Jikito.