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"Mira mi lengua. Igual soy un camaleón. Shchuuuup". (Que no sea Luc la mosca, por favor).
Tres añazos y la proeza de mostrarlo con los dedos de la mano. Todos estuvieron, desde por la mañana: al teléfono los que viven lejos, tíos jugando a ras de suelo, abuelazos y yaya en la comida y los besos, amigos toda la tarde, hasta muy tarde: Pepa (cachobobaaaaaa...), Juanjo (con Jiko, en plena denuncia cósmica contra todo: Ikea, el ayuntamiento, pobre ministro...), los bollos-hijeznos Mateo y Olivia, Omar a punto de pasarse un día entero con agujetas: "Omaaaar, ¿vienes a hacer la croqueta conmigo?". Mateo, taaaan mayor que aún me cuesta verle crecer tan rápido.











"Repetid todos conmigo: ¡convertir a Luc en... una patata!"
Gormitis y coches deportivos de estraperlo, estrategia a medida para la hora de la cena. Si el único yogur que queda está en la comisura, es que todo ha sido un éxito.
Menos mal que no nos vieron las dependientas. El orden, a veces, puede ser un caos. Y encima, con estrategia: Mat perpetra, Luc vigila. Crimen organizado.
"Mamá, ¿cuando nací... me acababas de tragar?".