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Ayer por la tarde montamos Jiko y yo el moisés de Luc, una cuna chiquita y tenue, prestada y, por tanto, con experiencia en lo que se le viene, y que a Mateo no le hizo mucha gracia. Quiso mover los palos cuando intentábamos ponerlos horizontales; sacudirlos cuando empezaron a cuadrar; girar las ruedas cuando aún estaban boca arriba; quiso impedir la acción y lo que significaba, creo yo, llenando la tarde de un mal humor raro en él. No paramos de hacerle partícipe y regalarle brazos cuando los pedía, que era muy a menudo, mucho más que cualquier otro día. Siguió tontuelo.
Se asomaba. Tocaba. Lo colocamos al lado de su cuna, explicándole. Y escuchó atento. Hasta que callamos. Luego dio media vuelta y salió de SU CUARTO arrastrando el moisés hacia el salón.
Es muy posible que todo esto no sean más que conclusiones demasiado obvias, densas y sólo mías; que simplemente la da ayer fuera una tarde gris en el ánimo de Mateo. Pero es posible también que esté respirando en casa algo distinto, inminente y que desestabiliza su sitio. Qué tonto. Mi niño.

Hoy prometía ser un desastre de día, teniendo en cuenta que esta noche he estado con los ojos como los de un búho y pegaítos a internés desde las 3 hasta las 7 aeme (qué de cosas hay por ahí pa'leer, diosanto). Es lo que tiene no encontrar postura con Luc centrifugando y mi cabeza a vueltas con el prelavado. Qué espesa es esta espera. "Puedes parir en cualquier momento", nos dijeron hace cinco días. "Ya pesa 3.200". Pero ná de ná. Las horas pasan, los días se quedan y los tres sin terminar de ser cuatro.Pero no. No ha sido un desastre de día. Todo lo contrario. Mateo, aun sin quitarme ojo toda la mañana, ha ejercido independencia casi adulta, a su bola por entre los juguetes y mis piernas. Y Luc ha estado tranquilo también, espero que por cuestiones de última colocación.
Así que, en mitad del silencio, nos hemos mirado Mateo y yo, riéndonos por pensar lo mismo, y hemos echado a correr al cuarto para poner música y bailar pegados los 3, frente al espejo. Casi se me duermen los dos. Yo imposible, estaba disfrutando demasiado.
Sólo faltó Jiko, buscándonos las castañas a lomos (lomitos) de su bici urbana-que-no-funciona-bien-Jika-y-la-viatener-que-llevar-a-arreglar.
Resulta que los suecos son tan majetes que hasta celebran, con un día al que llaman Knut, el fin de la Navidad, una tontería supongo que con reciclaje comercial (ahí caigo siempre) pero que me levantan unas enoormes ganas de ser (que no hacerme la) sueca, como cuando Woody Allen oía música de Wagner y le entraban unas ganas irrefrenables de invadir Polonia.
Así que con la excusa de comprar un ganchito de seguridad para el WC (por aquello de que Mateo deje de atascarlo con diversos objetos, entre ellos el pato-uvecé-aguazul) nos fuimos los tres (los cuatro) a celebrar el Knut a la embajada sueca en Madrid: el Ikea de Alcorcón, parque temático donde los haya:




Como demuestra este testimonio gráfico, Mateo es una esponja en cuanto a costumbres de otros países. Además de mimetizarse con las camas suecas, los edredones suecos, las perchas suecas, incluso el idioma (no hay duda de que habla sueco... cada vez que abre la boca) llegó al máximo de su culturización internacional: las galletas de chocolate Ballerina, de Göteborgs, de esas de a euro el paquete y de las que podrías comerte perfectamente mil, a ritmo de pipas. Nos despistamos y se coló una en el forro del plumas al meterle en el coche... Lo que produjo este efecto pictórico en su cara, sus manos, el verdugo, la tapicería... Celebrar el Knut es lo que tiene.

A la hora de echarse la siestecilla del carnero, Mateo divide su patrimonio chupetil: uno en la boca, en plan convencional, otro en la sien, en plan alternativo. Como para pensar chupando y chupar pensando, todo en una. La próxima vez le pongo otro en la mano libre, a ver qué hace.

Viernes 9 de enero, 12:30 p.m. Fotos: el parque de al lado de casa, el cielo de arriba de casa, y todo blanco. Hoy, en Madrid, nieva desde que se hizo de día. La hemos tocado, pero qué bien se ve desde casa, todo caliente y vaho. Mateo señala los copos y mira preguntando qué son. Luc cambia de postura bajo mi camiseta. Jiko hace pan. Qué más.

Con nocturnidad y cero alevosía colocamos en casa, digo, perdón, dejamos en casa un hueco preparado para que los tres tenores y sus camellos depositaran los regalos para Mateo. Un coche brum brum, un puzzle de madera, una construcción de ciudades de goma para el baño, un avión con hélices rumberas... y, entre todo esto, un leopardo recuperado de la infancia materna que se sumó al conjunto, sin saber que iba a ser "el deseado". Fue ver a Leopoldo, que así lleva llamándose unos 30 años, y Jikito se convirtió en una especie de Dian Fossey de los leopardos: todo pegarse a él, hablarle en su lenguaje gruñil, unirse a sus garras... Así posó, como un explorador con un amigo salvaje e inesperado. Orgulloso.
Luego fue todo sorpresa gradual...

...e hiperkinesia: fius fius, de un lado a otro:

En casa de los abuelos maternos le esperaba este bólido chulo, neoyorquino y sin casco. Lo intentó, pero el concepto de girar el volante se le quedaba justo en los deditos...

...así que los usó para agarrar más animales, uno de ellos, vástago directo de Leopoldo.

Y el despiporre llegó, tras un cochinillo crujiente y criminal (Luc se peleaba por hacer valer su espacio), en Casa Yaya, donde esperaban los paquetes de tooooda la familia. Abrirlos, descubrir, oir, tocar, mirar y chupar fue la actividad frenética de Mateo durante una hora larga. Paquetes propios y ajenos. Hasta le dio un mordiscuelo a una tableta gigante de chocolate perfecto que le cayó a mi Jiko entre las manos sin haberlo siquiera sospechado.
Estos Reyes, que se las saben todas toditas.



PD: De mi regalazo ya os daré debida cuenta cuando lo perpetre, que es de esos de perpetrar... con los ojos cerrados y grandes dosis de placer... (y no, no penséis mal, gorrinacos, que estoy de 9 meses, hombrepordios).

Le decíamos: "Mira allí, a lo lejos, Mateo, que vienen los Reyes Magos" y el pobre miraba sin saber muy bien qué quiere decir Reyes y Magos. Pero veía luces, carrozas gigantes, gente vestida raro, burros de verdad (¡burros de verdad!) y decenas de niños gritando, pidiendo caramelos con dotes de barítono. Fue la tarde del 5 de enero, en la Cabalgata de Tres Cantos con los BlancoChillón, previa invitación real y retraso imperdonable (tiempo bizcochado, se llama).

Ana, enfundada en gorros-fundas-abrigos como Mateo, sospechaba que allí ocurría algo. Pero lo de Rodrigo fue mu fuerte: sólo le vimos el culo, estando como estuvo tol rato a la caza de caramelos, lanzados como armas arrojadizas desde las carrozas. Jiko combinó también la caza del caramelo con los gritos desgañítados de "Gaspaaaaaaaaaar" a todo policía que pasaba por ahí.



En casa nos esperaba el bizcocho amapolo de Jiko, chocolate caliente y un baño a dos (Ana y Mateo) que fue menos garboso de lo esperado. Aún va cada uno a lo suyo.